Todos los que me conocéis, sabéis que soy un tipo abierto y
dichararchero y que basta que me den un poco de curda para que pueda hablar
hasta con mi sombra. Además sabéis que soy un tipo curioso y que me gusta
aprender a base de hablar, preguntar y relacionarme de culturas distintas. Si a
esto le sumamos que aquí, por mis rasgos soy “exótico”, eso hace que en cuanto
salgo a la calle termino conociendo a gente; no solo a los camareros de los
bares y restaurantes del guetto, sino a cualquiera con el que me cruce.
Prometí hablar de mi paso por el Chinatown de KL el finde
pasado, y no me queda otra que contarlo. Chinatown realmente lo compone una
calle de tiendas. No porque no haya chinos (ya comenté que son casi un tercio
de la población), sino porque es la calle de guiris (llena de tiendas de
baratijas e imitaciones de paupérrima calidad) con dragones, farolillos y cosas
por el estilo. Además, todo sea dicho, está en un barrio donde realmente sí que
viven muchos chinos, aunque sus casas no se visiten. Y yo, como buen guiri
visité la calle de marras, arriba y abajo; pero como el cuerpo me pedía más y
algo más “auténtico” me metí por las dos o tres callejuelas paralelas.
Resultado muy satisfactorio. Gracias a eso descubrí un templo hinduista que
tengo que volver a visitar (en ese momento estaba cerrado por algo que no
llegué a entender, pero lo reabrían por la tarde) y un par de mercados locales
donde los chinos compran productos frescos, algunos, e incluso vivos otros
(además de los típicos pollos/patos y peces que se ven en Callejeros por las
Calles, llegué a ver cerdos vivos paseando por el mercado).
Pero era la hora de comer, tenía hambre, estaba en proceso
de deshidratación y decidí que tenía que buscar algún sitio para sentarme,
injerir algún tipo de alimento y tomarme una cerveza helada y gigante. Y los
que me conocéis sabéis que no podía comer donde todos los guiris (pese a que en
ese momento llevaba el uniforme de guiri, frente y cuello color langosta
incluido). La calle principal, descartada. Las laterales, también. Y
adentrándome en Chinatown llegué a un sitio donde no habían visto a alguien sin
ojos rasgados en años (y al último creo que se lo comieron). Así que llego a
una especie de mesas corridas rodeadas de puestos de comida, planto mi mapa y
me voy al primer tipo que encuentro que servía comida, miro su carta (de 5 productos)
y me hago entender con él para que me ponga unos noodles con cerdo. Pero
necesitaba beber, y le pido una cerveza, que como él no vende, pide al de tres
puestos más allá a voz en grito. En algo parecido al esperanto (porque inglés
no era) me dice que me siente en mi mesa y poco después aparece el de los tres
puestos más allá con mi cerveza y luego él con mis noodles (suma de todo 15
ringgits, unos 3 - 3,5€) y con la satisfacción del deber cumplido (me había
entendido y me habían traído lo que yo quería) me senté a comer, obviamente con
palillos (si hubiera pedido un tenedor creo que no me hubieran entendido por no
saber lo que es un tenedor).
Coge palillos (afortunadamente me manejo bien con ellos),
pilla cerdo y noodles, levanta y métetelo en la boca. Y en ese momento oigo
algo que se parece a un “You are good with chopsticks” (“eres bueno con los
palillos”) en un chininglish horroroso a mi izquierda. Efectivamente, dos
señoras de 68 y 75 años (luego me dijeron su edad) chino-malasias querían conversación.
Y como he dicho y todos sabéis, me gusta hablar con la gente… La verdad es que
es una de las comidas más divertidas que he tenido en tiempo. Las dos
viejecitas compitiendo entre ellas para ver quién hablaba más conmigo y para
contarme que si eran chinas de familia, que si los nietos de una se había hecho
budista, que si buscaba novia en Malasia que no fuera a por las chinas porque
si no las conoces van solo a por el dinero, que si todos los domingos después
de misa (eran católicas) venían a comer al mismo sitio desde hace muchos años,
que si una se había quedado viuda hace poco, que si qué pena lo del avión
perdido, que si los gobernantes son unos ladrones… Así que poco les faltó a
Mary y a Elisabeth (obviamente me dijeron sus nombres y si fuera tradición aquí
me hubieran plantado dos besos bien gordos cada una) para darme su móvil. En
serio que hubo un momento que creía o que me daban su teléfono o que me
invitaban a su casa a tomar el té. Así que si este domingo no tengo nada que
hacer, sé que allí estarán mis dos adorables abuelitas chinas para darme
palique y comer conmigo (obviamente no iré, por si a alguien se le ocurría
preguntárselo, sobre todo porque no estoy seguro de volver a encontrar el
sitio). Como me gusta ser exótico y conocer a gente gracias a ello…
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