jueves, 27 de marzo de 2014

Uno que es así de majo…


Todos los que me conocéis, sabéis que soy un tipo abierto y dichararchero y que basta que me den un poco de curda para que pueda hablar hasta con mi sombra. Además sabéis que soy un tipo curioso y que me gusta aprender a base de hablar, preguntar y relacionarme de culturas distintas. Si a esto le sumamos que aquí, por mis rasgos soy “exótico”, eso hace que en cuanto salgo a la calle termino conociendo a gente; no solo a los camareros de los bares y restaurantes del guetto, sino a cualquiera con el que me cruce.

Prometí hablar de mi paso por el Chinatown de KL el finde pasado, y no me queda otra que contarlo. Chinatown realmente lo compone una calle de tiendas. No porque no haya chinos (ya comenté que son casi un tercio de la población), sino porque es la calle de guiris (llena de tiendas de baratijas e imitaciones de paupérrima calidad) con dragones, farolillos y cosas por el estilo. Además, todo sea dicho, está en un barrio donde realmente sí que viven muchos chinos, aunque sus casas no se visiten. Y yo, como buen guiri visité la calle de marras, arriba y abajo; pero como el cuerpo me pedía más y algo más “auténtico” me metí por las dos o tres callejuelas paralelas. Resultado muy satisfactorio. Gracias a eso descubrí un templo hinduista que tengo que volver a visitar (en ese momento estaba cerrado por algo que no llegué a entender, pero lo reabrían por la tarde) y un par de mercados locales donde los chinos compran productos frescos, algunos, e incluso vivos otros (además de los típicos pollos/patos y peces que se ven en Callejeros por las Calles, llegué a ver cerdos vivos paseando por el mercado).

Pero era la hora de comer, tenía hambre, estaba en proceso de deshidratación y decidí que tenía que buscar algún sitio para sentarme, injerir algún tipo de alimento y tomarme una cerveza helada y gigante. Y los que me conocéis sabéis que no podía comer donde todos los guiris (pese a que en ese momento llevaba el uniforme de guiri, frente y cuello color langosta incluido). La calle principal, descartada. Las laterales, también. Y adentrándome en Chinatown llegué a un sitio donde no habían visto a alguien sin ojos rasgados en años (y al último creo que se lo comieron). Así que llego a una especie de mesas corridas rodeadas de puestos de comida, planto mi mapa y me voy al primer tipo que encuentro que servía comida, miro su carta (de 5 productos) y me hago entender con él para que me ponga unos noodles con cerdo. Pero necesitaba beber, y le pido una cerveza, que como él no vende, pide al de tres puestos más allá a voz en grito. En algo parecido al esperanto (porque inglés no era) me dice que me siente en mi mesa y poco después aparece el de los tres puestos más allá con mi cerveza y luego él con mis noodles (suma de todo 15 ringgits, unos 3 - 3,5€) y con la satisfacción del deber cumplido (me había entendido y me habían traído lo que yo quería) me senté a comer, obviamente con palillos (si hubiera pedido un tenedor creo que no me hubieran entendido por no saber lo que es un tenedor).

Coge palillos (afortunadamente me manejo bien con ellos), pilla cerdo y noodles, levanta y métetelo en la boca. Y en ese momento oigo algo que se parece a un “You are good with chopsticks” (“eres bueno con los palillos”) en un chininglish horroroso a mi izquierda. Efectivamente, dos señoras de 68 y 75 años (luego me dijeron su edad) chino-malasias querían conversación. Y como he dicho y todos sabéis, me gusta hablar con la gente… La verdad es que es una de las comidas más divertidas que he tenido en tiempo. Las dos viejecitas compitiendo entre ellas para ver quién hablaba más conmigo y para contarme que si eran chinas de familia, que si los nietos de una se había hecho budista, que si buscaba novia en Malasia que no fuera a por las chinas porque si no las conoces van solo a por el dinero, que si todos los domingos después de misa (eran católicas) venían a comer al mismo sitio desde hace muchos años, que si una se había quedado viuda hace poco, que si qué pena lo del avión perdido, que si los gobernantes son unos ladrones… Así que poco les faltó a Mary y a Elisabeth (obviamente me dijeron sus nombres y si fuera tradición aquí me hubieran plantado dos besos bien gordos cada una) para darme su móvil. En serio que hubo un momento que creía o que me daban su teléfono o que me invitaban a su casa a tomar el té. Así que si este domingo no tengo nada que hacer, sé que allí estarán mis dos adorables abuelitas chinas para darme palique y comer conmigo (obviamente no iré, por si a alguien se le ocurría preguntárselo, sobre todo porque no estoy seguro de volver a encontrar el sitio). Como me gusta ser exótico y conocer a gente gracias a ello…

Seguiremos informando…

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